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martes, 11 de noviembre de 2008

El triunfo de Obama

POR EMILIO J. CÁRDENAS

Barack Obama, presidente electo de los EE.UU., inaugura una nueva era en la política de su país. Deberá enfrentar, además, desafíos que pondrán a prueba su capacidad de liderazgo y de gestión.

Después de una larguísima campaña electoral que empezó, en rigor, hace ya 22 meses con el primer debate que enfrentó a Barack Obama con Hillary Clinton en la primaria del Partido Demócrata, el senador demócrata es no sólo el primer hombre de color que ocupará la Casa Blanca, sino un presidente electo que no tendrá siquiera minutos para poder dormir sobre sus laureles.

Así como Abraham Lincoln comenzó su gestión presidencial cuando los norteamericanos iban, barranca abajo, en dirección a la Guerra Civil; o como cuando Franklin Delano Roosevelt se instalara en Washington en plena Gran Depresión, Obama deberá enfrentar, aunque sin pérdida alguna de tiempo, una crisis global, iniciada en su propio país. Es cierto que el maravilloso proceso electoral norteamericano es una verdadera máquina de medir capacidades de liderazgo.
En esto Obama -todo a lo largo de la contienda- aventajó a su rival republicano, John McCain. Claramente. Obama tuvo también carisma, esto es la capacidad personal de inspirar en otros fascinación y lealtad. Ese carisma probablemente no solo se originó en el individuo, sino también en la situación. Porque tuvo que ver con dejar atrás las barreras raciales y escuchar a un hombre con un discurso unificador, por oposición a disgregador.

En efecto, Obama convocó a todos los norteamericanos, sin banderías, a trabajar juntos para rehacer no solo su propio país, sino para recomponer también su relación con el resto del mundo severamente dañada por el unilateralismo arrogante de la política exterior de George W. Bush. Qué distinto de aquellos que para conservar o solidificar su poder no vacilan en lastimar el plexo social. En enfrentar. En dividir. En enemistar a unos contra otros sembrando odios y resentimientos desde el poder o aferrándose a un pasado que son incapaces de superar, por falta de grandeza.

Los mensajes de Obama son claros y sus actitudes magnéticas. No obstante, una cosa es el carisma y otra -distinta- el liderazgo. Que Obama posee carisma está bien claro; que tiene capacidad de liderazgo aún debe probarlo. Que ambas cosas son distintas hay pocas dudas. Por ejemplo, Winston Churchill tuvo carisma en 1939, pero solo después de ello demostró su capacidad de liderazgo, calmando las ansiedades británicas después de la caída de Francia en manos de los nazis. Pese a todo, en 1945 Churchill fue dejado de lado por el electorado británico.

A pesar de su carisma y más allá de un liderazgo entonces debilitado. En el caso de Obama, la palabra carisma tiene sin duda que ver con el candidato, pero también con el humor de un país lleno de ansiedad y frustración, y con su deseo comprensible de cambio. Frente a la crisis económica, Obama, a los 47 años, ya endosó las políticas anticíclicas de su predecesor, en una actitud que lo engrandece. Parece tener la serenidad -y la confianza- que se requieren para actuar bajo presiones enormes, que deberá enfrentar sin duda.

A partir del próximo 20 de enero, cuando asuma, veremos si Obama es capaz de mostrar rápidamente su capacidad de acción. Aparentemente su equipo de transición estará conformado por John Podestá, que trabajara con Bill Clinton, Valerie Jarrett y Pete Rose. Excelente. A estar a lo difundido por los medios, daría a conocer los principales nombres de su Gabinete a fines de esta semana.

A diferencia de Roosevelt, que se mantuvo prescindente entre su elección, en 1932, y su asunción de la presidencia, Obama difícilmente podrá darse el mismo lujo. No se puede ciertamente esperar dos meses para definir el rumbo. Hay que actuar de inmediato. Los trascendidos sugieren que impulsará la obra pública, aumentará la ayuda al desempleo, y asegurará el acceso a la alimentación de aquellos que menos tienen. Más allá de su propia capacidad de acción, Obama deberá respetar a George W. Bush hasta el 20 de enero. Y este último no es un hombre carente de opiniones.

Lo ya sucedido entre ambos alimenta -sin embargo- el optimismo en el sentido de que podrán trabajar en conjunto más allá de las químicas personales. La era de George W. Bush, que comenzara hace más de una década, en 1995, está terminando. Al caer el telón, los dos más grandes pasivos que componen su legado tienen que ver con la conducción de la actividad económica y el manejo de las relaciones exteriores.

El fracaso en el primer capítulo está a la vista. Los problemas en el segundo se conocen ya desde hace años y son consecuencia directa de su desafortunada decisión de invadir unilateralmente a Irak, de espaldas a la comunidad internacional. Para Obama, que ya ha hecho historia, se abre ahora el período en que, enfrentando las dificultades, deberá probar su real valía.

Sus principales obstáculos son cómo resolver las dos guerras que libra su país en Afganistán e Irak; cómo proteger a su pueblo del desafío real del terrorismo islámico; y cómo poner en orden una economía en estado caótico y depresivo. Obama tiene obviamente a su favor la enorme y genuina simpatía interna y externa que su elección ha generado.

A ello puede agregar el hecho de contar con un Poder Legislativo que está absolutamente controlado por el propio Partido Demócrata, lo que ayudará a actuar con eficacia, pero no es lo ideal para quienes pensamos que una de las más grandes virtudes de la democracia es la de garantizar -institucionalmente- la existencia de límites y equilibrios, particularmente a través del rol moderador que cabe a la oposición. Los Estados Unidos necesitan redefinir los rumbos y -créase o no- renovar su autoestima. En estas complejas tareas Obama deberá concentrar sus esfuerzos desde el vamos. © http://www.economiaparatodos.com.ar/

Obama y el riesgo de la exageración

POR JUAN CARLOS LYNCH (H)

Con el abrumador triunfo de Obama, comenzaron a proliferar los análisis que hablan del final de una era en los Estados Unidos. La nota firmada por David Brooks, que el diario La Nación publica en su edición de hoy y que se titula justamente “Ante el fin de una era”, está en línea con esta tendencia reciente.

En su nota, Brooks hace referencia al “fin de una era económica, el fin de una era política y el fin del predominio de una generación”.

Creo que el entusiasmo que Barak Obama despertó entre los norteamericanos, hartos ya de George W. Bush, no debe magnificarse al punto tal de convertirlo en una suerte de nuevo comienzo en la historia de ese país.

¿Representa Obama el fin de una era económica?. A priori no sabemos si la política económica que impulsará como nuevo Presidente representará un cambio sustancial respecto de lo que se viene haciendo. Estamos suponiendo que si, pero aún en ese caso no sabemos la relevancia que tendría ese supuesto cambio.

Lo que no parece correcto es hablar de un “era económica” para referirse a los dos periodos presidenciales de Ronald Reagan, al mandato de George H. Bush, a los dos períodos de Bill Clinton y a los dos períodos que ahora están llegando a su fin de George W. Bush.

Reagan tomó las riendas de un país deprimido y desmotivado por efecto de la gestión de Jimmy Carter e impulsó la llamada “suply-side economy”, que entre otras cosas y siguiendo los lineamientos del economista Arthur Laffer, se apoyó fuertemente en una reducción de impuestos para promover el consumo y, a partir de allí, la reactivación.

George H. Bush, padre del actual Presidente, hizo lo contrario, incluso incumpliendo sus promesas electorales (recordemos el tristemente célebre “read my lips, no more taxes!”). Su gestión en el campo económico distó mucho de alcanzar los logros de su predecesor y terminó perdiendo su reelección frente al demócrata Bill Clinton que, en plena campaña electoral en 1992, lo humilló frente a las cámaras de TV con el también célebre “It’s the economy stupid!”.

La economía de Clinton tuvo, pese a su currículum demócrata, un fuerte sello republicano. Paradójicamente fue este presidente demócrata quien, como había hecho Reagan 10 años antes, logró que los norteamericanos recuperaran el sentido del humor producto de casi 8 años de prosperidad.

Y la etapa final de esta supuesta “era” que termina, ya bajo los dictados de George W. Bush, se caracterizó por una paulatina degradación de la economía norteamericana, en donde el crack financiero de hace apenas semanas es sólo uno de los emergentes. Quizás George W. haya sido más ortodoxo que su padre George H. en lo que a economía se refiere, pero claramente ambos fueron presidentes que no lograron entender la relevancia de los asuntos económicos en el humor de la gente.

¿Cuál es entonces el común denominador de estos 7 períodos presidenciales que permitirían hablar de una era?. En mi opinión no existe.
Tampoco ello ocurre en materia política. Reagan fue en este campo un cruzado del pensamiento conservador a nivel interno y un enemigo acérrimo del comunismo soviético en el ámbito externo. Clinton posiblemente haya sido el presidente más moderado y con la agenda más balanceada entre la política doméstica y la política exterior entre los que hoy se busca asociar. Los dos Bush, por su parte, se perdieron en grandes proyectos bélicos nunca bien terminados, sin prestar gran atención a los temas domésticos.

¿Se puede, finalmente, hablar del fin del predominio de una generación?. Difícilmente. Reagan provenía de la vieja derecha conservadora y fue la persona que asumió la presidencia con mayor edad en la historia de los Estados Unidos: 70 años cumplidos. George H. Bush, quien representaba al ala más progresista de los republicanos, fue Vicepresidente a lo 57 años y Presidente a los 64. Su hijo George W. no llegaba a los 55 años cuando asumió como el 42º Presidente de los Estados Unidos. Y Bill Clinton, el demócrata del grupo al que se busca agrupar en una “era” que se termina, promediaba los 45 años cuando derrotó a Bush padre, que buscaba su reelección. La misma edad que tendrá Barak Obama cuando asuma el cargo en enero próximo…

Obama representa claramente un cambio. Es el primer Presidente de color de los Estados Unidos. Representa claramente una esperanza de tiempos mejores frente a la abrumadora ineficacia que transmite el actual gobierno.

Sin embargo, las expectativas puestas en este hombre que será por cuatro años la persona más poderosa de la tierra, no deben llevarnos ni a definiciones grandilocuentes como es “El fin de una era”, ni a dejar de estar atentos, muy atentos, a sus definiciones concretas sobre lo que piensa hacer con el cargo que ganó en buena ley.